lunes, 7 de agosto de 2017

En un segundo (Microrrelato)

Vi el barco partir, desde la orilla, de noche. El agua estaba tan en calma que parecía que se trataba de otro universo, lleno de millones de estrellas que también contemplaban cómo marchaba. Me sentí en el aire, escuchando el silencio y la turbina de aquel barco vacío. Me senté en la arena mientras se esfumaba en el horizonte y me tumbé definitivamente para observar las estrellas fugaces; su impermanencia y su belleza. Estaba solo entre tanto, abrumado y algo asustado. Buscaba el calor de unos brazos mientras acariciaba la arena fría y una bocanada de aire entró en mis pulmones sin avisar. Continué durante mucho tiempo en la misma posición, tratando de acostumbrarme a dicho sentimiento, a dicha situación. Pronto comencé a temblar y las olas empezaron a llegar a la orilla. Me senté, algo aturdido, y miré el mar para ver el cielo pero ya el agua estaba agitada y solo pude ver mi reflejo partido. Me miré a los ojos tal cual me veía y entonces comprendí.

Una sensación actual no determina toda tu vida; algo amargo presente no será amargo para siempre. Tal vez no te sientas completo ahora pero algún día, antes de lo que puedas imaginar, tu reflejo dejará de estar partido.

A la noche siguiente volví a la orilla y un barco llegaba, repleto de gente, con música y bailes. En el mar podía ver de nuevo el cielo y la arena no estaba tan fría. Mi reflejo me sonreía, inmóvil, estable. Me acosté de nuevo y en un segundo brillaron cientos de estrellas fugaces para quedarse en mi retina a modo de recuerdo; uno brillante, que de paso a miles de nuevos deseos. Me incorporé y entonces, a lo lejos, una silueta se miraba en el agua, agitada nuevamente. En ella caían sus lágrimas y sus manos no paraban de temblar. Lentamente, con suavidad, las arropé con las mías. Una última estrella iluminó el mar y el cielo y nosotros, abrumados, algo asustados, nos sonreímos con un beso de miradas. En un segundo amaneció y el calor del Sol secó sus lágrimas y calentó mis manos. En un segundo todo cambió y el miedo quedó enterrado bajo la arena.

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